Reseña del “Héroe del Caribe. La Última Batalla de Blas de Lezo”, en el Semanal Digital

 

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SORPRENDENTE INGRATITUD Blas de Lezo, la gran deuda impagada de la memoria colectiva española Carmelo López-Arias Es el héroe proporcionalmente menos reconocido de nuestra historia.

En 1741 salvo América entera para España y su recompensa fue el ostracismo. Pérez-Foncea nos recuerda cómo sucedió todo. 2 de diciembre de 2012 BLAS DE LEZO ¿Para cuándo un homenaje nacional, para cuándo la película o la serie de televisión que saque a este ilustre vasco de la ignorancia -nada proporcional a sus méritos- con la que transita por nuestra conciencia colectiva? AMOR A PESAR DE LA GUERRA J. Pérez-Foncea. El héroe del Caribe. La última batalla de Blas de Lezon. LibrosLibres. Madrid, 2012. 284 pp. 22 € Se supone que uno nunca debe hablar de cómo termina una novela… salvo en el caso de las novelas históricas, porque, al ser históricas, los hechos son conocidos. La excepción Con la hazaña de Blas de Lezo (1689-1741) que relata J. Pérez-Foncea en El héroe del Caribe (LibrosLibres) sucede casi al revés: si se desvela el desenlace, se desvela algo ignorado por millones de españoles. Pero vamos a hacerlo. Vamos a contar que en 1741 Inglaterra preparó la mayor flota de desembarco que conoció la Historia hasta el desembarco de Normandía: casi doscientos buques y treinta mil hombres. Que dirigió esa flota contra la ciudad de Cartagena de Indias, en la actual Colombia, con objeto de hacerse con una ruta de paso decisiva para el control del Caribe, y cuya caída implicaba ineluctablemente la caída en dominó de todos los virreinatos en poder de la Corona británica, harta de la supremacía española y ambiciosa de dominio y de dinero. Que, como Cartagena de Indias estaba defendida por seis navíos y tres mil hombres (por si no queda claro: ¡seis frente a doscientos y tres mil frente a treinta mil!), los ingleses, antes de darse la batalla, acuñaron una moneda conmemorativa de la “victoria” -se conservan ejemplares en varios museos-, con la leyenda El orgullo de España humillado por el almirante Vernon, y representando a Blas de Lezo arrodillado ante el susodicho. El héroe Que el citado Blas de Lezo era un marino español de menguada estatura -le llamaban medio hombre-, tuerto, manco y sin una pierna, resultas las tres mutilaciones de sendos combates de entre los muchos que libró en la mar, la mayor parte de ellos con los ingleses, y victoriosos. Que organizó la defensa de la plaza con inteligencia, valor y aprovechamiento óptimo de los recursos. Que fue humillado, sí, pero no por los ingleses, sino por el virrey Sebastián de Eslava (1684-1759), quien reiteradamente menospreció los criterios de Lezo imponiendo los suyos, para -constatado su fracaso- tener que volver a los de su subordinado. Que cuando se produjo la milagrosa victoria española (milagrosa por lo improbable, no porque no fuese resultado de las decisiones concretas que Lezo tomó con tanta ciencia como energía), Eslava escribió a la Corte difamando a Lezo, y la Corte de Madrid le hizo caso y degradó al héroe, dejándole en la pobreza a él y a su mujer e hijos. Que el héroe, gravemente enfermo, murió semanas después de la batalla. Que no fue rehabilitado hasta 1760, pasadas dos décadas de la gesta, cuando Carlos III le repuso en sus cargos y le nombró marqués a título póstumo. Un silencio de siglos que empieza a desaparecer Y que los ingleses han logrado ocultar este hecho para el gran público pasando de puntillas por él en sus historias y disfrazándolo (lo llaman “la guerra de la oreja de Jenkins”, desviando la atención a un incidente menor acaecido años antes de 1741), y deben estar todavía frotándose los ojos de que los españoles hayamos hecho lo mismo. Salvo en el ámbito de la Armada, donde sí es reconocido (una de nuestras fragatas lleva el nombre de Blas de Lezo), los libros de historia españoles también pasan como sobre ascuas sobre el episodio. Esta novela pone algo más que un granito de arena en revertir una situación que -es cierto- en los últimos años se ha ido paliando, desde que el escritor colombiano Pablo Victoria rescatase para nuestra conciencia colectiva a un Blas de Lezo que J. Pérez-Foncea recrea ahora en una novela histórica muy bien documentada. De hecho, el volumen incluye la transcripción íntegra del diario del almirante desde el 13 de marzo al 20 de mayo de 1741, un texto clave de nuestra historia. Entretenida ficción al servicio de la verdad histórica En El héroe del Caribe el personaje de Lezo aparece muy bien perfilado: tranquilo siempre, leal al máximo a su superior incluso en la ejecución de las órdenes que sabía erróneas, querido por sus hombres y, en su faceta más íntima, buen esposo y padre de una familia que no quiso escapar de Cartagena de Indias cuando comenzó el ataque. Prefirieron correr la misma suerte que corriese él. Junto a esa línea argumental puramente histórica, donde las operaciones de la defensa de la ciudad estan explicadas con nitidez en su justificación militar y sus riesgos de fracaso, Pérez-Foncea crea una historia de amor entre el teniente de navío Fernando de Castro, asistente de Lezo, y la joven Consuelo, hija de una familia principal. Su arpía madre estorbará la relación utilizando a un tenebroso portugués que también pretende su mano. Envidias, celos, espionaje… la trama de El héroe del Caribe añade a la historia real una ficción muy bien engarzada con ella, feliz instrumento para que nos empapemos bien de lo que sucedió en aquellos cien días de 1741 en una costa que aún era española. Y que siguió siéndolo casi un siglo más gracias a la pericia de un marino de Pasajes (Guipúzcoa) que sólo ahora empieza a ver reconocida la deuda que contrajimos con él entonces y nunca pagamos.

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